02 JUL 2020

Santo Tomás Apóstol

Mirad, hermanos, a quiénes os llamó Dios, dice San Pablo a los Corintios. Pues no hay entre vosotros muchos sabios, ni muchos poderosos, ni muchos nobles. - Lo mismo podemos decir de los Apóstoles. Jesús no los escogió entre los ricos, los nobles o los sabios. Sus Apóstoles salieron del pueblo humilde, de pescadores ignorantes, de pobres proletarios de Galilea.

Así era Tomás el Gemelo, galileo, pobre y sencillo, uno de los doce que tuvo la suerte de vivir con el Rabí de Nazaret, como vivían los discípulos con los maestros: estando con Él día y noche, escuchándole de cerca, comiendo con Él y durmiendo en la misma habitación. Y si alguna vez un maestro dormía en una estancia distinta, los discípulos solían abrir un boquete en la pared para intentar imitarle incluso cuando dormía.

Pero si los doce eran rudos, parece que Tomás les superaba a todos. Todavía en la última Cena, después de tres años de escuchar al Maestro, confiesa que no entiende nada de cuanto dice Jesús. "Maestro, exclama, ni sabemos a dónde vas, ni sabemos dónde está el camino".

A pesar de todo, Tomás era un hombre de carácter. Aun sin entenderle, seguía a Jesús ciegamente, con entusiasmo. Parece el más entusiasta de los Apóstoles. Cuando Jesús decide ir a Jerusalén, a pesar de los peligros, Tomás resuelve las dudas de los Apóstoles: "Vamos también nosotros a morir con Él".

Sin embargo, este gesto magnífico desaparece ante el "escándalo de la Cruz". La noche de Getsemaní había huido, como los demás, y la tarde del Viernes Santo, acaban por derrumbarse todas sus esperanzas.

Cuando la tarde de la Pascua Jesús se aparece a los Apóstoles encerrados en el Cenáculo, Tomás no se encontraba allí. Le parecía que todo había terminado. Por eso cuando sus compañeros le comunican que han visto al Señor, Tomás el escéptico no quiere dejar engañarse otra vez. Tomás les responde: "Si no veo en sus manos las llagas de los clavos, y no meto mi dedo en el lugar de los clavos y mi mano en su costado, no creeré".

Era un hombre práctico, desilusionado. Quiere garantías. Y no le basta ver, que hay ilusiones ópticas. Quiere tocar, palpar, para convencerse. Pero nada sucede por casualidad. La actitud de Tomás, dice un Santo Padre, su incredulidad, fue más provechosa para nosotros que la fe de la Magdalena.

Ocho días después vuelve Jesús a aparecerse a los Apóstoles. Tomás esta vez estaba con ellos. - "Pon aquí tu dedo y mira mis manos, le dice Jesús. Alarga tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino fiel". - Tomás, rendido, exclama: "¡Señor mío y Dios mío!" Jesús se complace con esta confesión, pero añade: - "Porque me has visto, Tomás, has creído. Dichosos los que sin ver creyeron". Bellas palabras para los futuros creyentes.

Tomás, con la impetuosidad de su carácter, quiso compensar aquella duda con una entrega total al apostolado. Los Santos Padres nos lo muestran predicando de reino en reino, hasta llegar a la India.

La tradición dice que fue vendido como esclavo al rey indio Gundafar que buscaba un arquitecto para construirse un palacio y que sabía que Tomás era conocedor de esta técnica. Tomás le predica una noche a la hija del rey las ventajas de vivir en castidad, por lo cual fue hecho prisionero, pero milagrosamente se libró de la cárcel aunque finalmente sufrió el martirio en la costa de Coromandel, en Madrás (India) muriendo por el golpe de una lanza el 21 de diciembre del año 72.

Alrededor del año 250, un mercader trasladó sus restos desde la India hasta Edessa y esto se sabe por tres textos antiguos escritos en griego, siríaco y etiópico. También lo dice San Efrén aunque pone la fecha del traslado en el año 232. La llamada “Crónica de Edessa” recuerda el traslado de las reliquias el día 22 de agosto del año 394 y la monja Eteria dice que visitó su santuario en Edessa en el año 415.

San Gregorio de Tours, que vivió en el siglo VI, habla de los numerosos milagros ocurridos junto a su sepultura. El segundo traslado se hizo desde Edessa hasta el municipio de Ortona, provincia de Chieti, en Italia en el año 1258.

La iglesia local donde se llevaron las reliquias en Ortona, fue elevada a Basílica Menor por el Beato Papa Pío IX en 1859. En la cripta se veneran las reliquias del Apóstol Santo Tomás y se puede ver también la lápida saqueada. Muy venerado es el busto relicario de Santo Tomás, que procesiona por las calles de la localidad el día de su Fiesta. El último reconocimiento de las reliquias se hizo en el año 1985. 

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