10 JUL 2020

San Benito Abad

San Benito, patriarca del monaquismo occidental, nació en Nursia, en la Umbría, hacia el año 480. Nace en una familia acomodada, y pronto lo envían a estudiar a Roma, para prepararle un buen porvenir.
«Hubo un varón de vida venerable, bendito por gracia y por nombre», dirá de él su discípulo y biógrafo, el papa San Gregorio Magno. No le iba a Benito la vida relajada y malsana de Roma, y se marcha a la soledad.
Se refugia en la cueva rocosa de Subiaco, dedicado a la contemplación. Un monje le descuelga desde un peñasco algún alimento en un cestillo. El demonio no deja de tentarle. Un día sufre una fuerte tentación carnal, de la que Benito triunfa lanzándose desnudo en un zarzal, que todavía hoy se muestra al visitante. No volverá a sentir tal tentación.
Pasa luego de la soledad a la vida cenobítica o de comunidad. Le eligen abad de un monasterio. Funda varios en las cercanías, combinando la oración y el trabajo manual, según el estilo de San Pacomio en Egipto. Admite a niños, como Plácido y Mauro. Será el principio de las escuelas monacales. Se cuenta que el pequeño Plácido era tartamudo. Sólo sabía decir sí. Sus padres lo llevaron al monasterio preocupados. Benito les acogió amablemente, con hospitalidad benedictina, y les consoló diciendo: «Aunque en toda su vida no sepa decir más que sí, ya es suficiente».
Algunos monjes revoltosos intentan eliminar al abad envenenándole con vino. Benito bendice el vaso y se quiebra. Entonces decide marchar a otro lugar. Con algunos incondicionales se dirige al sur, y establece en Montecasino la vida monástica. El demonio le prueba, pero sigue adelante.
Escribe la Regla «la Santa Regla, la más sabia y prudente de las Reglas», exigente y moderada a la vez, en la que se combinan sabiamente las alabanzas divinas con el trabajo manual: el famoso lema «Ora et labora». El abad representa a Cristo. Será para todos exigente y paternal, muy atento con los enfermos. Se recibirá a los huéspedes como al mismo Cristo.
Benito sabía que las limitaciones del monje y de su comunidad forman parte del plan de Dios para la santificación. Entonces introduce en la Regla el voto de estabilidad que liga al monje para siempre a un monasterio. Esto le impide soñar en hallar el monasterio perfecto. «Si tuviera otro abad, otros compañeros, si estuviera en otro sitio». Esto es perder el tiempo. Lo que tienes es lo mejor, lo único, para tu santificación.
El monje saca la mejor luz y fuerza de la celebración de los divinos misterios, el Opus Dei, la obra de Dios por excelencia. Pero Benito no es sordo a las necesidades de los hombres. Desciende con frecuencia de su amada montaña, siempre que puede remediar cualquier necesidad. Sus hijos seguirán su ejemplo, de lo que se beneficiará muy positivamente, en todos los campos, toda la civilización occidental.
Al final de su vida mueren algunos de sus grandes amigos, como Cesáreo de Arlés y el abad Casiodoro. Mucho le afecta también el vuelo de paloma al seno del Esposo de su entrañable hermana Escolástica. Esto le va despegando más y más de la tierra y le va acercando al paraíso.
El Jueves Santo del 547, 21 de marzo, asistiendo a los divinos oficios, le llega la hora de la muerte. Quiere hacerlo de pie, como buen atleta de Cristo. De pie comulga y recibe la Sagrada Unción, sostenido por sus hijos, que celebran así la Pascua, la Pascua de su abad.
Según San Gregorio Magno, San Benito fue sepultado en el oratorio de San Juan Bautista junto a su hermana Escolástica. San Gregorio indica que en su tiempo el cuerpo del santo aún permanecía en Montecasino: Aquí…resplandece por sus milagros hasta el día de hoy (Dial 2, 38).
Durante la II Guerra Mundial, la Abadía de Montecasino fue reducida a escombros por los aliados, ante la protesta del Papa y muchos países, pues este lugar era considerado la cuna de Europa. Con anterioridad los monjes trasladaron la biblioteca, obras de arte, reliquias y personas encubiertas a la ciudad de Roma. El abad fue el último en salir, aseguraba a los aliados que el monasterio estaba vacío. El sepulcro de San Benito no se tocó pues, según la tradición, había permanecido allí y por tanto esta vez no sería la excepción; el 15 de febrero de 1944 Montecasino fue destruido innecesariamente por cuarta ocasión.
Un grupo de monjes, acabada la guerra, construyeron un pequeño edificio cerca de las ruinas del monasterio. Sobre lo que fue la basílica barroca se erige una capilla de ladrillo en lo que había sido el altar que resguardaba el sepulcro del santo fundador. El 1 de Agosto de 1950 el obispo – abad de Montecasino Dom Ildefonso Rea OSB comenzó las excavaciones debajo del altar. Se descubrió la placa de Giovanni Antonio Caraffa de 1482, bajo la cual encontraron una urna de alabastro en la cual el Abad Angelo della Noce había colocado las reliquias en 1659. La urna fue llevada a los edificios improvisados de la comunidad monástica.
Abierta la urna se encontró una inscripción que identificaba los huesos y cenizas de San Benito y Santa Escolástica. Una comisión médica trabajó en la selección de huesos y su estudio. Se les dio un tratamiento a fin de asegurar su conservación.
Las reliquias de Montecasino se tienen por auténticas desde los años posteriores a la guerra y al hecho de que se conservaran ilesas después del bombardeo de la Abadía, cosa que muchos consideran un milagro. Pío XII en Fulgens Radiator (1947) tenía por cierto que las reliquias auténticas se encontraban en Montecasino: casi nada quedó intacto, excepto el sagrado sepulcro donde piadosísimamente se conservan los restos del Santo Patriarca.
Las reliquias fueron devueltas al sepulcro el 1 de diciembre 1955 bajo el altar mayor de la basílica aun en restauración.

 

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