Estuve enfermo y me visitaste, me llamaste por mi nombre, y venías cada mañana sonriente a decirme: buenos días. Fui para ti alguien, y no algo, aceptaste con paciencia mis impaciencias, y siempre que venías a verme me dabas paz. Yo me encontraba con miedo, asustado; tú me acogiste con serenidad y con cariño, y diste la vuelta a mi almohada para que me sintiera mejor. Me trataste con competencia y me diste lo que más necesitaba: cariño, comprensión, escucha y amor. Y con todo ello me diste a Dios.