02 ABR 2020

Los Siete Dolores de la Santísima Virgen.

La imagen de la Virgen Dolorosa -Virgen de la Soledad- y la imagen de María con su Hijo muerto en su regazo -la Piedad-, puede decirse que no faltan en ninguna iglesia, que es la advocación preferida de todas las madres, que han dado a luz a sus hijos con dolor y han tenido que sufrir tanto por ellos, por diversos motivos y con tanta frecuencia. ¡Qué maravilla de Dolorosas en las procesiones de la Semana Santa Española!.

A partir del siglo VIII, los escritores eclesiásticos hablan de la “Compasión de la Virgen”, es decir de su participación en los dolores del Crucificado. Pronto surgen las devociones a sus 7 dolores y la composición de himnos con los que el pueblo fiel profesa su solidaridad con la Virgen Dolorosa. Esta fiesta comienza a celebrarse en Occidente en la Edad Media.

En el siglo XII, los religiosos servitas celebran el recuerdo de María bajo la Cruz con oficio y misa especial. Hacia el s.XIV en Alemania hay una conmemoración el viernes tercero de Pascua a la que se conoció como Transfixión o Martirio del Corazón de la Bienaventurada Virgen María.

En algunos lugares comienza a surgir la devoción a sus cinco dolores, que pronto se convertirán en siete. A Santa Brígida se le debe una piadosa tradición, según la cual la Madre de Dios le prometió que todo aquel que la honrara con el rezo de siete aves marías diariamente en honor de su siete dolores, que ella personalmente los asistiría en ese trance y que morirían en la gracia de Dios.

Hacia el siglo XVII ya se celebra el domingo tercero de septiembre esta fiesta y también el viernes anterior al domingo y de Ramos hay una conmemoración de la Virgen Dolorosa, la que popularmente se conoce como “Viernes de Dolores”. El Papa Benedicto XIII extendió la celebración del Viernes de Dolores a todo el mundo en 1472 y el Papa Pio VII, en 1814 fija la fiesta de Nuestra Señora de los Dolores para el 15 de septiembre insertando la celebración en el Calendario Universal.

Desde el Calvario, María Virgen, sería proclamada por Nuestro Señor como Madre Nuestra; desde aquél día, la intercesión de la Virgen Purísima será crucial en los momentos más críticos de la Iglesia, como la Aparición que tuvo el Apóstol Santiago en el Pilar de Zaragoza, o las fuerzas sobrenaturales que asistieron a los combatientes de la Batalla de Lepanto, atribuídas al rezo del Santo Rosario.

En tiempos más recientes, esa presencia de la Madre de Dios se ha hecho más nítida, especialmente a partir del siglo XIX, con la revelación de la Medalla Milagrosa, las Apariciones de La Salette y Lourdes, todas ellas como sello del Dogma de la Inmaculada Concepción, proclamado por el Papa Pío IX en 1854.

Ya en el siglo XX, sería en mitad de la Gran Guerra, cuando la Virgen María volvería a revelarse como Nuestra Señora del Rosario para pedir a la Humanidad que abandonase la vida de pecado y volviesen sus corazones a Dios; allí en Fátima, María Santísima anunciaría la llegada de Su Reino al prometer "Al fin Mi Inmaculado Corazón Triunfará", y con el Reinado de María vendrá consecuentemente el de Cristo Nuestro Señor, que volverá por segunda vez como lo hizo la primera, por María.

Precisamente han sido estas últimas manifestaciones marianas las que han valido a Nuestra Señora, como medio oportuno para hacer una llamada a la Humanidad a volver a Dios, mediante la oración y la penitencia; la una no puede ir sin la otra, pues ambas se sostienen y son como las muletas que nos enderezan en el caminar hacia la Santidad.

"Deberíais rezar, jamás podréis recompensar todo el dolor que he asumido por vosotros...". Nuestra Señora a Melanie Calvat y Maximino Guiroud, en La Salette (Francia, 19 de Septiembre de 1846)

"¡Penitencia!, ¡Penitencia!, ¡Penitencia!. Ve a besar la tierra para la conversión de los pecadores". Nuestra Señora a Bernardette Soubirous, en Lourdes (Francia), 24 de Febrero de 1858.

"Os ofreceréis a Dios y aceptaréis todos los sufrimientos que Él os envíe, en reparación por todos los pecados que Le ofenden y por la conversión de los pecadores.". Nuestra Señora a los niños videntes de Fátima, el 13 de Mayo de 1917.

"Haced sacrificios por los pecadores, y decid seguido, especialmente cuando hagais un sacrificio: Oh Jesús, esto es por amor a Ti, por la conversión de los pecadores, y en reparación por las ofensas cometidas contra el Inmaculado Corazón de María." Nuestra Señora a los niños videntes de Fátima, el 13 de Julio de 1917.
 
 
 
 

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