Hoy celebramos a Santa Catalina de Siena, Virgen, Doctora de la Iglesia y Patrona de Europa.

28 ABR 2020

Hoy celebramos a Santa Catalina de Siena, Virgen, Doctora de la Iglesia y Patrona de Europa.

Esta Santa de salud débil fue un portento de actividad apostólica, de acción política y diplomática a favor de la Iglesia.

Nació en Siena, en la calle de los Tintoreros, el año 1347. Hija gemela con Giovanna, dato que no tiene nada de particular, salvo si se tiene en cuenta que antes que ellas le habían nacido a sus padres veintidós hermanos y aún después les vino el benjamín.

Hija de un tintorero, Giacomo Benincasa, casado con Lapa de Puccio del Pagianti. No aprendió nunca a escribir, aunque no por eso deja de ser Doctora de la Iglesia. Cuando le llegó el momento de decir cosas al mundo, siempre dictó su pensamiento irresistible.

Cuando tenía dieciséis años, ingresó en las Hermanas de la Penitencia de Santo Domingo que eran llamadas «mantellate» por su manto negro sobre un hábito blando ceñido con una correa, y que se dedicaban a la atención de pobres y enfermos. Eran la Tercera Orden dominicana. La peste negra, que se llevó por delante más de un tercio de la ciudad, supuso una ocasión para vivir con heroísmo su amor al prójimo.

Terriblemente atormentada con tentaciones sutiles combatidas con mortificación interior y mucha penitencia exterior, se entregó a una actividad incansable, recibiendo abundantes gracias místicas y entremezclando dulzura en el trato con Jesús y con la Virgen. Fuerte por su espíritu de oración y penitencia, se dispuso a influir en personas de toda clase y condición con sus palabras y escritos. Muy pronto comenzó a dictar cartas sobre temas espirituales, que la proporcionaron todavía más admiración. En 1374, Raimundo de Capua, futuro rector general de la orden dominica, se convirtió en su director espiritual, quedando desde entonces asociado de forma estrecha a todas sus actividades.

Trabajó incansablemente por la paz y concordia de las ciudades; se la vio en Lucca, donde trató de impedir la alianza con Florencia, en contra del papa; o acercándose en misión de paz al castillo de Roca de Tentennano, en la Val d’Orca, para intentar apaciguar fuegos de pasiones y aplacar odios enconados; o en Florencia, en rebeldía y condenada a la pena de entredicho, a donde fue enviada por el papa para entablar negociaciones a pesar del tumulto y amenazas de muerte por parte de los florentinos, consiguiendo la paz, aunque ya fuera en tiempos de Urbano VI.

Defendió con energía los derechos y la libertad del Papa en aquellos tiempos difíciles del exilio de Avignon, a donde se desplazó, en 1376, para intervenir ante Gregorio XI, en nombre de Florencia, entonces en guerra con el pontificado, buscando el bien de la Cristiandad tan necesitada de reforma de costumbres en todas partes, de reforma en el clero alto y bajo, en los religiosos y en los fieles. Aunque solo tenía veintinueve años, vio personalmente al Pontífice, pidió su retorno a Roma y convenció al indeciso y endeble papa Gregorio XI para que concluyera el exilio en Avignon. Constató con amargura la triste situación de la Iglesia, atestada de eclesiásticos mundanos, metidos en política hasta los huesos, olvidados de la vida interior propia y de los fieles; previó el terrible cisma y el antipapa; se refugió en la contemplación de la misericordia divina y en el abandono en su providencia; fue cuando dictó su Diálogo que resume toda la existencia y misión de Catalina.

Extremadamente fiel al papa, ya consumado el Cisma de Occidente en el 1378, llevó adelante en Roma una campaña a favor del verdadero papa Urbano VI. Habla con los cardenales en el Consistorio, manda cartas a los príncipes y personas influyentes, se propone hacer ver a todos que los males y renuncias actuales de la Iglesia solo tienen solución con una ola de santidad en la jerarquía y en el pueblo.

El eco de su alma se refleja con claridad en las más de 400 cartas que se conservan; en ellas aparecen con frecuencia juntos dos temas: la reforma y la cruzada.

En Pisa había recibido el premio de los estigmas de la Pasión para expiar por los pecados de la Iglesia y el anillo de las esposas –que significa unidad–, para rubricar la unión mística con el Esposo.

Esta defensora de los derechos divinos y peleona contra los enemigos de dentro de la Iglesia murió en la primavera del 1380, el 29 de abril, con treinta y tres años, al desmoronarse su cuerpo en holocausto, como ella misma refirió: «Sabed que muero de pasión por la Iglesia». En la Vía del Papa, cerca del convento y de la iglesia de Santa María de Minerva que tienen los dominicos, donde ella tenía su habitación cuando estaba en Roma, dictó sus últimas cartas-testamento interrumpidas por la exclamación «pequé, Señor, compadécete de mí», haciendo recaer sobre sus hombros el peso de los pecados de infidelidad, las debilidades endémicas, los desmayos y transigencias con el mundo que habían cometido los demás.

El pueblo romano acudió al templo de Santa Maria sopra Minerva; el pueblo quería alguna reliquia de aquella que consideraba santa. Fue venerado su cuerpo desde el día de su muerte y fue sepultada en el cementerio de la Minerva.

La cabeza de Santa Catalina fue separada del cuerpo en el año 1381, pues así lo quiso el Papa Urbano VI. En el mes de octubre de ese año, el Papa dio permiso para que la cabeza se separase del resto del cuerpo, siendo confiada a dos frailes de Siena que, en secreto, la llevaron a esta ciudad de la Toscana.

En 1383 su díscipulo Fr. Raimundo de Capua hizo depositar los restos en un sepulcro marmóreo dentro de la Iglesia. En 1430 San Antonino, que era el Prior de la Minerva, para honrarla especialmente la depositó en la capilla del Rosario y finalmente en 1855, el Beato Papa Pio IX hizo trasladar el sarcófago al altar mayor donde hoy se venera.

Pío II la declaró santa en 1461 en la solemnidad de la fiesta de San Pedro y San Pablo. Inicialmente su fiesta se le conmemoraba el mismo día de su muerte, el 29 de abril. En 1628 Urbano VIII la movió al día siguiente, para no superponer la fiesta con la de San Pedro de Verona.

En 1939, el venerable Papa Pío XII la declaró patrona principal de Italia, junto a San Francisco de Asís. En 1970 el Papa San Pablo VI le otorgó el título de Doctora de la Iglesia, siendo la segunda mujer en obtener tal distinción. En 1999, bajo el pontificado del Papa San Juan Pablo II, se convirtió en una de las Santas Patronas de Europa.

Hoy celebramos a Santa Catalina de Siena, Virgen, Doctora de la Iglesia y Patrona de Europa.

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