30
SEP
2019

San Jerónimo



San Jerónimo, doctor de la Iglesia.

El IV siglo después de Cristo, que tuvo su momento importante en el 380 con el edicto del emperador Teodosio que ordenaba que la fe cristiana tenía que ser adoptada por todos los pueblos del imperio, está repleto de grandes figuras de santos: Atanasio, Hilario, Ambrosio, Agustín, Crisóstomo, Basilio y Jerónimo. Este último nació en Estridón (Dalmacia) hacia el año 340; estudió en Roma y allí fue bautizado.

Su espíritu es enciclopédico: su obra literaria nos revela al filósofo, al retórico, al gramático, al dialéctico, capaz de pensar y escribir en latín, en griego, en hebreo; escritor rico, puro y robusto al mismo tiempo. A él se debe la traducción al latín del Antiguo y del Nuevo Testamento, que llegó a ser, con el título de Vulgata, la Biblia oficial del cristianismo.

Jerónimo es de una personalidad fortísima: en cualquier parte a donde va suscita entusiasmos o polémicas. En Roma fustiga los vicios y las hipocresías y también preconiza nuevas formas de vida religiosa, atrayendo a ellas a algunas mujeres influyentes patricias de Roma, que después lo siguen en la vida eremítica de Belén. La huída de la sociedad de este desterrado voluntario se debió a su deseo dé paz interior, no siempre duradero, porque de vez en cuando reaparecía con algún nuevo libro. Los rugidos de este "león del desierto" se hacían oír en Oriente y en Occidente. Sus violencias verbales iban para todos. Tuvo palabras duras para Ambrosio, para Basilio y hasta para su amigo Agustín que tuvo que pasar varios tragos amargos. Lo prueba la correspondencia entre los dos grandes doctores de la Iglesia, que se conservan casi en su totalidad. Pero sabía suavizar sus intemperancias de carácter cuando el polemista pasaba a ser director de almas.

Cuando terminaba un libro, iba a visitar a las monjas que llevaban vida ascética en un monasterio no lejos del suyo. El las escuchaba, contestando sus preguntas. Estas mujeres inteligentes y vivas fueron un filtro para sus explosiones menos oportunas y él les pagaba con el apoyo y el alimento de una cultura espiritual y bíblica.

Este hombre extraordinario era consciente de sus limitaciones y de sus propias faltas. Las remediaba dándose golpes de pecho con una piedra. Pero también se daba cuenta de sus méritos, tan es así que la larga lista de los hombres ilustres, de los que hizo un breve pero precioso resumen (el De viris illustribus) termina con un capítulo dedicado a él mismo.

En Belén le acompañaron Santa Paula y su hija Santa Eustoquia, dos patricias romanas que aportaron una fuerte suma de dinero para la construcción de dos monasterios, uno masculino y otro femenino, un hospicio para peregrinos y una escuela monástica.

Esta fue la primera experiencia de fundación monástica en las proximidades de la Gruta de la Natividad. Aunque no existen datos sobre la exacta ubicación de los monasterios, es seguro que San Jerónimo elegiría las cuevas próximas a la Gruta Santa para la oración y la meditación. Murió en Belén el día 30 de septiembre del año 420 con unos setenta años de edad, cansado, casi sin voz y sin vista. Su cuerpo fue sepultado en una de las gruta de Belén y aquí se conserva su sepulcro.

Posteriormente parte de sus reliquias fueron trasladadas a Roma, encontrándose en un sarcófago en el altar mayor de la Basílica de Santa María la Mayor.
 
 

 


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