22
JUN
2019

Corpus Christi



“La Eucaristía es fuente y culmen de toda vida cristiana.”

Lumen Gentium, 11

 

Este domingo celebramos la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, popularmente conocido como el Corpus Christi. Queríamos compartir algunas de las tradiciones que se han desarrollado a lo largo de la historia en torno al sacramento de la Eucaristía y la procesión eucarística.

Los inicios

El comienzo de la vivencia de la fiesta tal y cómo la conocemos hoy día emana del siglo XIII y de las revelaciones particulares a Santa Juliana de Cornillon (también conocida como Santa Juliana de Lieja). En ese momento había un clima de dudas sobre la presencia de Cristo en la Eucaristía, aunque al mismo tiempo, en Lieja había grupos especialmente dedicados a la adoración eucarística y teólogos dedicados al estudio y promoción de su culto.

También ocurrieron algunos sucesos extraordinarios relacionados con la Eucaristía, especial importancia tuvo el milagro de Bolsena. Al final el Papa Urbano IV firmó la bula Transiturus de Hoc Mundo, donde establecía el jueves después a la octava de Pentecostés como fiesta del Corpus Christi.

Desde entonces se ha celebrado en todo el mundo este día aunque en muchos lugares la fiesta se traslada al siguiente domingo. Las palabras de la bula Transiturus sobre las disposiciones para acudir subrayan el tono festivo y alegre de la celebración.

Desde entonces y en todo el mundo han aparecido incontables muestras de piedad popular que personifican diversas manifestaciones de afecto al Sagrado Sacramento. En muchas comunidades se reunían en ferias para ofrecer los frutos de la tierra como señal de agradecimiento. Pero son más patentes las innumerables procesiones eucarísticas y horas santas con las que se señalaba la sacralidad del signo y la necesidad de adoración conjuntamente con la misión de testimonio social.

El Pueblo de Dios en Procesión

La procesión eucarística recuerda a las peregrinaciones del pueblo de Israel. Abrahán sale de Ur hasta Canaán con la promesa de una descendencia incontable. El pueblo de Israel sale de Egipto entre portentos y durante cuarenta años atraviesa el desierto hacia la tierra prometida. Elías también cruza el desierto en busca de Yahvé. Los Israelitas ascendían cada año a Jerusalén. El mismo Jesús aparece como un peregrino incansable siendo el culmen de su viaje su sacrificio glorioso.

Ahora peregrinamos juntos como Iglesia, guiados por el Santísimo Sacramento, a través de las ciudades de nuestro mundo. Es una manifestación de adoración solemne, a la vez que demuestra en la comunidad en la que vivimos la viveza de nuestra fe. Parece que el sacerdote es el que lleva a Cristo pero somos nosotros en realidad los que somos llevados. El andar implica también la fraternidad de los que caminan en unión y la existencia de una meta escatológica. Somos Iglesia caminante en Cristo camino.

 

 

 

 


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